Le adoran a Rafa
10 de septiembre de 2009.- La grada siempre cuenta. Más aún en el recinto tenístico más grande del planeta, el que abriga a la pista Arthur Ashe, con capacidad para 24.115 espectadores. "Me gusta jugar aquí, empezando por la superficie, que se adapta mucho a mi juego, los aficionados, la atmósfera, el show, me gusta", afirma Novak Djokovic.
El serbio tuvo sus más y sus menos con la hinchada después de la semifinal del pasado año contra Andy Roddick. Ambos cruzaron frases poco amigables a raíz del desplome de 'Nole', que una vez más reclamó la presencia del fisioterapeuta en alguno de los momentos clave del encuentro. Tal vez por aquello, que desea olvidar cuanto antes, ahora ha invitado a presenciar sus partidos a niños que vivieron la tragedia del 11 de septiembre de 2001.
Una fina iniciativa, creemos, de su jefe de comunicación, que vela también por la estampa de Rafael Nadal. Éste no necesita demasiado para cautivar a un público que reconoce en él los rasgos más valorados por acá. Un tipo valiente, corajudo, sanguíneo, ganador, tan similar al gran Jimmy Connors, tricampeón en estas pistas, que circula por los aledaños con un dignísimo aspecto para sus recién cumplidos 57 años.
Nueva York adora a Nadal. Lo demostró, una vez más, en el encuentro de octavos frente a Monfils, que sólo encontró un mínimo respaldo cuando trató de llevar el partido a un quinto set. El loco que asaltó la cancha y logró abrazar a su ídolo consumó el deseo imposible de la multitud, personificó un sueño colectivo. Hay también un trabajo detrás. No en vano, el tetracampeón de Roland Garros y vencedor en Wimbledon y en Australia, que hasta la fecha nunca ha pasado de semifinales en Flushing Meadows, dejó su impronta en seis portadas de populares revistas estadounidenses en las semanas previas al torneo.
Pero da la impresión de que en realidad se trata de un fenómeno espontáneo, de que la fascinación por Nadal emana de su propia esencia. Esa gente que aplaudía la otra noche a Tony Bennett y Michael Phelps, quienes tampoco quisieron perderse al guerrero en carne viva, le considera uno de los dueños del espectáculo, suspira cada vez que rescata una bola imposible, se suma, sin recato, a la natural escenografía de sus celebraciones. Lo adopta, lo venera, lo siente, le considera parte del patrimonio estético y sentimental de una competición distinta a cualquier otra.